domingo, 17 de octubre de 2010

Un día en Soweto





En la esquina de Vilazaki y Khuele, en el barrio Orlando West de Soweto, unos nenes que acaban de salir de la escuela juegan a la pelota sobre la calle. Es un fútbol cinco sin alfombras ni redes ni botines. Es un balón, son zapatos y uniformes que cuando caiga el sol -a eso de las 17- irán directo a la tabla de lavar de la vieja, que quizás sea una de esas señoras encantadoras que venden hígados de pollo con harina de maíz o cerveza de jengibre, de elaboración propia, sobre la vereda. No hay arcos ni redes, apenas dos ladrillos juntos sobre el cordón que, necesariamente, deben ser derribados para que estos chiquilines de ojos luminosos griten, se abracen, festejen el gol en la lengua universal. Los autos, veloces, le pasan cerca, tanto que por momentos le tiran una gambeta a puro bocinazo. La escena es natural, parece cotidiana, Mick levanta los brazos, abre su boca, sueña, imagina con ser a tan sólo 7 cuadras de la casa donde alguna vez vivió Nelson Mandela.
A 24 kilómetros de Johannesburgo, en la provincia de Guateng, unas 900 mil personas viven este juego de la vida en Soweto. Este lugar pintoresco que ofrece una escenografía sin estilistas ni maquillaje, donde la estética nace del corazón. Soweto, cuna de raza negra, de hacinamiento y opresión, pero de rebeldía y levantamiento contra un sistema. Ese que el 16 de junio, cuando el seleccionado sudafricano salga a la cancha para enfrentar a Uruguay en Pretoria, viajará en el tiempo hasta 1976, fecha en la que se conmemora el Youth Day, cuando 566 estudiantes fueron asesinados por la policía en la marcha contra la imposición del idioma afrikáans sobre el inglés en las escuelas. Esas mismas instituciones de las que en el mediodía de Soweto salen los jóvenes con la mochila puesta, su uniforme y se lanzan hacia la libertad de jugar, mientras señores, señoras mayores y no tanto se las ingenian para el mercado callejero en este ghetto.
Bridges, una negra de unos 50 años, dice que arma trenzas -son pocos los que con el pelo largo no la usan- por tres rands. Clesh, junto con su socio, Brian, tienen sobre la vereda una máquina de coser y uno cuantos pantalones que remendar. Le cambian un cierre roto por 5 rands o hacen el dobladillo por unos 7. A cien metros del puesto de alta costura, una especie de carpa con espejos de mano y una máquina de cortar el pelo conectada a una batería de auto es una peluquería concurrida. Todo tipo de cortes, al ras, con raya al medio o al costado -clásico, nada de flogger ni emo- te sacan hasta la pelusa por unos 10 rands. Acá, no hay necesidad de tener un canasto con revistas de farándula ligera y a nadie le interesa si la ex de fulanito anda con el empresario o el conductor más famoso de la televisión. Esto es en tiempo real, las páginas son al aire libre, en la calle, cerca de la gente, en comunidad.
En lo que es una avenida principal -pasan autos, colectivos repletos de gente, combis que tocan bocina para levantar pasajeros en cada esquina, un show musical gratis y poco de compact grabado- Berzan dice que tiene 60 años y que su cocina en vivo y sin ppv sale con frecuencia. Cuenta, también, que Soweto mantiene fieles tradiciones, y cuando se entera de las raíces de sus visitantes y futuros clientes de paso, se pone en guardia. Porque Argentina no es solamente Maradona o Messi en estos pagos. “Falucho Laciar, boxeo, gran pelea”, se envalentona y sale detrás del mostrador para contar su sensación en cada round, cuando el púgil argentino en marzo del 81 venció en siete asaltos a Peter Mathebula
por el título Mosca de la AMB, en un escenario montado sobre una cancha de fútbol. Se emociona, le comenta a otro puestero alguna escena del combate, saluda.
Los niños que andan dando vueltas en busca de su pequeña felicidad -saborear un caramelo, correr libremente, cantan a coro el himno o simplemente observan y dialogan con forasteros- guían, intentan que cada persona ajena al barrio se sienta como en casa. “House the Madiba”, señala con el dedo índice de su mano derecha mientras en la otra le da descanso a la vuvuzela -la típica trompeta para el festejo, como en Argentina pero en escala superior-. En Vilakazi y Ngakane, justo en la esquina, hay unos cuantos turísticas de raza blanca con camiseta de Bafana Bafana -así apodan a la Selección- y cachetes rosas con la banderita pintada. Se pasean, se alteran, todo es nuevo y observan desde la puerta la casa donde vivió Mandela genera, inevitable, latidos repetitivos en el alma. La imagen conmueve, es historia en presente. Techos de chapa, ladrillas a la vista, rejas rojas, se observa entre las plantas una gigantografía del ex presidente que el 18 de julio, cuando la pelota deje de rodar en Sudáfrica, cumplirá 92 años. Acá, el turista internacional puede acceder por 60 rands, el nacional por 40, los pensionados por 20, los niños mayores de 6 años por 6. Es un punto de encuentro lógico y comercial de Soweto, que también tiene su lado Soho aunque no se parezca a Palermo. Al lado, pegado a la casita, el Mandela Family Restaurant es sencillo, de mesas chicas y poca concurrencia para la tardecita. Sin embargo, dos hombres de cuerpos ampulosos y auriculares en la oreja son el anzuelo que invita a la libre imaginación. Adentro, en una sala que no está a la vista, se encuentra Winnie Madikizela, la segunda mujer del licenciado en derecho que estuvo 27 años en prisión y que en 1994 se convirtió en el primer presidente tras la abolición del Apartheid. En Soweto, escenario de la resistencia, el hacinamiento y la opresión todo puede pasar, en tiempo real. Mientras los chicos del fútbol sin alfombra ni botines de pista tiran una pared entre los autos y gozan de la libertad de ser.


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